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Viernes 22 de febrero de 2013 05:00

PEN Club crea concurso para jóvenes escritores

El Centro de Poetas, Ensayistas y Novelistas (PEN Club) aprovechará el Día Internacional de la Lengua Materna para convocar a jóvenes escritores entre 18 y 30 años a someter sus trabajos para el primer premio anual Nuevas Voces del PEN International.

El premio busca fomentar el arte de jóvenes que todavía no han publicado trabajos, con el objetivo de ofrecerles un espacio a escritores de relatos breves, obras de ficción creativas, artículos periodísticos y poesía.

Tres candidatos finales serán invitados a leer su obra en un Congreso, que se celebrará en Islandia. Allí, anunciarán al ganador, cuyo trabajo será publicado en la revista PEN International. Además, el escritor ganador recibirá un premio de mil dólares.

Los jóvenes interesados tienen que ser nominados por un centro PEN acreditado antes del 20 de junio de 2013. Cada centro tendrá la oportunidad de nominar a un máximo de dos personas (un hombre y una mujer).

El Centro PEN de Puerto Rico fue fundado por Nilita Vientos Gastón y se dedica a la defensa de los derechos humanos, particularmente, a la libertad de expresión.

Para información detallada de los requisitos e instrucciones del certamen, acceda aquí.

Publicado en Escribanía

“La lectura de cualquier obra literaria es necesariamente un hecho único e individual que se percibe sólo en la mente y en las emociones de un lector particular”, dice Rosental, refiriéndose a la libertad del lector. De ahí podemos concluir que para una misma obra pueden haber muchos lectores con apreciaciones totalmente diferentes porque existen innumerables transacciones independientes que cada lector entabla con el texto.

Wolfgabg Kaiser sostiene que “la novela es la interpretación más compleja y amorfa de la literatura”, quizá por esa complejidad, donde se pueden desarrollar temas con variedad de enfoques, persiste esta forma de expresión literaria.

La novela de hoy, además de la fábula que desarrolla su tronco narrativo, tiene que tener otros atractivos que pueden ser ya psicológicos, sociales, filosóficos o puramente literarios, que logren atraer e interesar a ese lector único e individual al que hace referencia Rosental.

En consecuencia a los conceptos anteriores, la lectura de “El laberinto del pecado”, novela del escritor Víctor Montoya, nacido en La Paz-Bolivia, radicado en Suecia-Estocolmo, motiva las siguientes apreciaciones personales:

De entrada, la referida obra no tiene como tema ni intención mostrar o describir la mina, la vida del habitante víctima de la mina, el minero ni su búsqueda de reivindicación social o salarial, sus luchas sindicales en apoyo a los grandes conflictos del país, el paisaje adverso del entorno, sus costumbres o supersticiones… en fin otros aspectos más que ya fueron tratados por su autor en obras como: “Cuentos de la mina”, ”Huelga y represión” (por citar algunos ejemplos), como respuesta a esa imperiosa necesidad, a ese concepto real en el que tiene capital trascendencia lo sociológico y sus agudos problemas que en este caso, en forma vivencial o referida encontraba latentes en su país Víctor Montoya, sintiendo la responsabilidad de ponerlos de relieve denunciándolos en toda su crudeza.

Por el contrario, percibimos que desde el título, “El laberinto del pecado”, formado por las palabras: pecado y laberinto, y todo su campo semántico nos conducen a rastrear acciones y pasajes que configuran otra temática: el hombre en el gran enigma del sexo.

La sexología es la ciencia del viejo pecado mítico, tiene sus antecedentes más remotos en el Génesis. Los grandes símbolos humanos del eros son Adán y Eva, y junto a ellos el humanoide, la serpiente. Esta ciencia, durante años y aún ahora trata de explicar y elaborar teorías coherentes a cerca del comportamiento del individuo y sus relaciones en lo que concierne al misterio del sexo.

Desde tiempos primitivos hubo la necesidad de transgresión del deseo sexual, pero después de siglos de cristianismo nos han legado el pecado de la carne para esquivarlo, tolerarlo y hacerle frente. Al lado del amor civilizado, igual matrimonio, existe la otra forma, la sexualidad libidinosa que conocen todas las sociedades, proponiendo anatemas morales, códigos sexuales y un conjunto de prohibiciones que en muchos casos atentan contra los derechos humanos.

La sexualidad, como ha sido demostrada por el psicoanalista Sigmund Freud, no sólo es una función especial vinculada con los órganos genitales sino que se reconocen posibilidades y significaciones de orden transfisiológico y transpsicológico, es lo que llamarán los estudiosos “metafísica del sexo”.

Sea como fuere, es indudable que esta faceta ineludible de la vida desempeñó y sigue desempeñando en la humanidad, por un lado, una situación de recelo, de cosa velada, prohibida, oculta, pecaminosa; por el otro, “la pandemia moderna del sexo” ha quitado el velo al pudor, los manuales y orientaciones médicas han procurado, mediante la psicoterapia racional, superar los complejos íntimos de vergüenza y de pecado. Ahora hay una decisión saludable de hablar sobre este tema con naturalidad, previa una dosificación de acuerdo al contexto y al nivel etario.

No es ninguna novedad el afirmar que atravesamos tiempos difíciles, tiempos de desazón, de incertidumbre, de violencia. Tiempos incluso donde la existencia del mundo corre peligro, en ese estado de cosas hay una incontrolable tendencia al manejo y uso irracional de lo referente al sexo, sexualidad y erotismo. Ojo, al afirmar esto no estamos entrando al campo de lo moral, de lo bueno o de lo malo, sino al respeto elemental hacia esa capacidad de sentir placer a la que tiene derecho el hombre, la cual es desvirtuada con actos crueles como el incesto, las violaciones, estupros, sadismo y un etcétera tan largo como un tubo de silencio en cuyo final están los ecos del sexo como barbarie.
Sexo, sexualidad y erotismo, tema de actualidad cotidiana que sigue siendo controversial a pesar de haber saltado la barda de lo tabú. Esa dimensión placentera y dolorosa en la vida del hombre, no ha sido aún asimilada, mucho menos comprendida del todo por un buen porcentaje de la gente que tiene su mente codificada y ni qué hablar del docentado que está a cargo de la niñez y la juventud.

Y volviendo a “El laberinto del pecado”, es Manuel Ventura, personaje protagónico, hijo de minero, estudiante de tercer año de bachillerato que estudia más por obligación que por interés, heredero y víctima, no sólo de la trágica vida de la mina sino también de su orientación religiosa, de su entorno social, familiar y de sus necesidades humanas y naturales en las experiencias del sexo y el amor como destino, quien apuntala e ilustra el tema elegido.

Manuel Ventura, un ser conformista, un personaje que no define su identidad social (léase el pasaje donde él quiere que su amante, que es de pollera cambie su atuendo por el vestido, especialmente pensando en el hijo que van a tener), incapaz de salir o saltar del entornoque lo presiona. En lugar de tomar acciones concretas, sustituye la confrontación con el prójimo con una insubstancial lucha interior que no lo conduce a cambios significativos que lo pudieran liberar de las deformaciones de su contexto. No es un joven malo, contrariamente a lo que pudo haber heredado genéticamente, no tiene ímpeto, es el típico estudiante enfermo que se siente acosado y debilitado por las necesidades que le exige su cuerpo, incluso tiene algunos actos de ingenuidad. Manuel Ventura está muy bien dotado del órgano sexual, con el cual es capaz de llevar hasta el desmayo a la pareja en el encuentro coital (leer pág. 63), quizá ahí la razón para algunos de sus conflictos relacionados con eros.

Portada del libro 'El leberinto del Pecado'. 

Siempre, a partir del pensar, sentir y accionar de Manuel nos aproximaremos al manejo del tema: sexo, sexualidad y erotismo desde sus diferentes orientaciones.

Veamos:

El acto sexual como agresión y violencia en el pasaje de la violación a las alumnas de un colegio en una fiesta. Esta experiencia les parece a los agresores un hecho de valentía. Así lo confiesan: “les recorrimos el cuerpo palmo a palmo, las llevamos en vilo a mi cuarto y las tumbamos sobre la cama (pág. 18).

Aquí está explícito el machismo, la falsa hombría y el código interior que dicta que ante la debilidad que crea la religión y la moral hay que fortalecer lo irracional. Es directo el diálogo que entabla Manuel Ventura con sus amigos, los violadores, cuando él no quiere secundar para guardar el secreto sobre el hecho. Los amigotes, lo acosan con preguntas incisivas: “¿Dónde estuviste el sábado por la noche? ¿Lavando platos o pelando papas?... Un hombre no está hecho para la cocina sino para ser macho.”… Las lecciones de moral que aprendiste en la iglesia, el colegio o en tu casa hazlas un rollo y métetelas donde mejor te parezca… Acabas de convencerme de que no eres un hombre, un macho, sino un cobarde, un marica”. La respuesta que les da Manuel Ventura nos confirma que ha tenido una formación sexual sino adecuada, por lo menos basada en el temor y el respeto hacia la mujer cuando dice: “No saben que ofender la virtud de una mujer antes del matrimonio, es pecado?

Sin embargo, para Ventura la palabra pecado y el no pecar no es un alivio que lo aleje de lo prohibido y le dé tranquilidad espiritual y mental, ni tampoco es el bálsamo que le procure sosiego ante esa urgencia de placer, por el contrario, sólo amordaza sus instintos: “evocó los sermones sobre la herejía, dispuesto a resistir la tentación y rehuir la lujuria… pero era tan grande su deseo de hacerse hombre que iba más allá de los remordimientos que le golpeaban el alma, y reducían la naturaleza de sus sentimientos a algo más vacío que la inexistencia. Él no podía huir de esa necesidad que trasudaba por todos sus poros, aún en lo que soñaba sabía que estaba pecando… El domingo fue a la iglesia a confesar su pecado, sin saber que la primera vez que uno se acuesta con una mujer es con uno mismo, con su propio cuerpo. Sin embargo, sabía que el sexo era algo sucio, algo vedado y, por lo mismo, algo inmoral”. De esta manera él no sólo es víctima de esa parafernalia religiosa sino también de la información chismosa y callejera que le hicieron creer que los hombres que tienen sueños eróticos pueden llegar a ser padres y que las mujeres pueden embarazarse por cualquier cosa, ya sea porque se las toma de la mano o se les da un beso, él: “soñó con la empleada doméstica hasta el límite de la pesadilla, en principio no hicieron movimiento alguno. Permanecieron de pie junto a la cama, sin hablar, pero mirándose ajenos al mundo, cara a cara… Él le clavó el fulgor que desprendían sus ojos y ella le reveló los secretos de su cuerpo…” Hay algún momento en que Ventura siente que el amor reivindica más allá de la culpa: “Cuando salió del laberinto de sus recuerdos… clavó la mirada en el ángulo del cuarto donde la empleada no estaba ya, salvo la temperatura de ese cuerpo hecha para amar… y pensó que sólo el amor es más fuerte que el pecado y la muerte” (pág. 34).

El erotismo designa al amor apasionado, unido al deseo sexual. El erotismo connota y denota todo lo relacionado con la sexualidad y no simplemente con el acto sexual físico sino con todas sus proyecciones, abarca el género, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual.

Con respecto a la orientación sexual se percibe en el texto las tentativas inconscientes del ideal hermafrodita como retorno al andrógino. El poeta Rilke, en un admirable texto, augura la unidad sexual y dice: “Los sexos son acaso más allegados que lo que se puede pensar y la gran renovación del mundo consistirá sin duda en esto: el hombre y la mujer libertados de todo sentimiento falso, de toda aversión no se buscarán más como contrarios, sino como hermanos y hermanas, como próximos, y se unirán en tanto que seres humanos”.

Así, se aborda el lesbianismo, quizá primero como estereotipos exteriores que dan lugar a preconceptos sobre la identidad sexual, veamos lo que sus compañeros piensan sobre Clarice: “Es distinta a las demás. Nunca sale de los pantalones vaqueros, ni de los zapatos con cordones, y lo más extraño es que Paloma Linares, la marimacho, es su única amiga”.

“Paloma y Clarice yacían en la ladera del río, sujetas a un amor lésbico, apretándose la una contra la otra, busto contra busto, vientre contra vientre… Se exhaló un grito de placer puesto que la boca de Clarice se trocó en pétalo y espina a la vez”.

De igual forma está la homosexualidad, en el personaje del profesor de ciencias naturales, primero como vulgaridad natural en el contexto juvenil: “Gamarra es un mariconazo, que aumenta calificaciones a cambio de un polvo”.

Y en la conducta de Ventura esta orientación sexual es concebida como un acto inmoral, fuera de lo correcto, conceptos que son producto de la formación ortodoxa que recibió. Veamos lo que sucede cuando se tropieza con un homosexual: “El hombre le enseñó una sonrisa reluciente y, guiñándole el ojo, se interpuso entre él y la puerta, deteniéndolo en seco… Quiero hallar la felicidad contigo, como respuesta Manuel Ventura sintió que un hálito de fuego le ardía en las venas. El hombre cuya actitud afeminada le recordaba a su profesor de ciencias naturaleza le alargó la mano ruda y velluda y le dijo con voz de sirena: Te he mirado largamente papito. Eres tan bello, tan bello”. Como respuesta Manuel lo cogió de los brazos, lanzándolo de espaldas contra la pared.

En el tratamiento de este tema, está el otro lado, el de la tolerancia: “Los homosexuales son también humanos y tienen los mismos derechos que nosotros, aunque no den hijos para la guerra ni almas para el paraíso…”, dice uno, en cambio otro sostienen que: “No. No. Yo los juntaría a todos y los mataría sin asco”.

La mentalidad actual va cambiando poco a poco su discurso respecto al asunto. Por la historia sabemos que ya en siglo XVI los conquistadores arrojaron a decenas de indios homosexuales a los lebreles, pero cada vez hubieron más que se rebelaron en defensa de sus derechos sexuales.

La novela de Víctor Montoya nos sumerge en la problemática sexual que es tan actual al punto que está siendo considerada como parte de las políticas de Estado en Bolivia. No hay que dejar de mencionar que el tema está expresado con recursos literarios que le confieren arte a la obra en su conjunto.

El final de la historia de Manuel Ventura nos deja un sabor triste, porque en algún momento de la lectura nos pareció sentir que el amor lo reivindicaría y lo alejaría de ese destino de dolor y muerte, y no es así. La muerte de su amante, al instante de dar a luz al hijo de ambos, está narrada con tal intensidad y dramatismo que nos sacude intensamente, nos obnubila y confunde entre lo real y lo onírico.

Es probable que un análisis más detenido mostrara la existencia de otros aspectos que sean objeto de estudio. Hasta aquí creo que hemos sido fieles al tema elegido. Estamos seguros que es un gran acierto esta nueva edición realizada por Escritores Unidos y el Grupo

Editorial Kipus. Obra que debería ser leída en los colegios con una orientación profesional y de responsabilidad, pensando siempre en que nuestra juventud sigue siendo nuestro divino tesoro.

La autora es profesora, narradora y ensayista cochabambina.

Fuente Bolprees
 

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Saluda con la sonrisa ingenua, juguetona a ratos. Se disculpa por la demora, culpa quizás de lo laberínticas que pueden resultar las calles de Hato Rey, en eterna construcción. Suelta una risita nerviosa antes de comenzar.

Entre sorbo y sorbo de su bebida -mezcla de café con licor-, conversa sobre el País, específicamente sobre la UPR, que tan bien conoce, pues es su espacio de trabajo. Nos citamos para hablar de su primera novela, Ombligo de luna, pero Julio A. García Rosado no puede evitar opinar sobre lo que le rodea, sobre las cosas que le preocupan y que, sin duda, ocuparán las páginas de sus proyectos futuros. Pero hoy, se recupera de un arduo parto. “Me tardé quince años en completar este libro”, explica y abre los ojos como si le costara creerlo.

“Completé el primer borrador en un año, pero después pasaron quince, con lapsos en los que la dejaba descansar y la retomaba. La sometí a varias editoriales, pero nada funcionaba”, continúa casi sin respirar.

Llegó a pensar que el libro nunca se publicaría, sin embargo, algo le aseguraba que, llegado el momento idóneo, Ombligo de luna vería la luz.

“Por mucho tiempo yo me decía: ‘Dios mío, ¿cuándo me voy a desprender de esto?’. La seguía revisando y no lograba desprenderme, hasta que surgió la propuesta de publicarla. Entonces, me di cuenta de que era el momento. Es como si el objeto se volviera autónomo al cumplir la mayoría de edad”.

Ya la cumplió y, a juicio de su creador, “el libro ya se desprendió de su padre y ahora, debe correr la gama crítica que reciba en el futuro”.

Y es que a Julio no le es ajena la crítica. Según explica, comenzó a escribir desde los 13 ó 14 años. Entonces, lo hacía en libretas marca Superior, en las que dejaba siempre algunas páginas para que sus lectores le escribieran sus impresiones. “Llegaba un momento en que me las pedían. Era mi fantasía de ser algún día escritor”, narra con mirada traviesa.

Esa picardía se le adhiere a los párpados cuando comienza a contar cómo fue su infancia en el barrio Mamey II en Guaynabo. Allí, rodeado de vegetación y en el seno de una familia humilde, “el monte era nuestro Disney World. Era hacer caminatas para meternos monte adentro, estar desde las 8 a.m. hasta las 4 p.m. con machetes para hacernos paso, detenernos, poner tres piedras para asar un pollo”. Por momentos, parece sentirse de nuevo allí. Aquellas aventuras duraron hasta que se mudó al casco urbano de Guaynabo, y de ahí a la Escuela de Artes Plásticas en el Viejo San Juan, donde estudió diseño gráfico.

“El cambio fue fuerte”, afirma con un dejo de nostalgia, “porque por aquel tiempo, la vida de campo tenía cierta ingenuidad. La infancia mía está rodeada de inocencia, de ingenuidad. Irónicamente, hay mucha de esa inocencia en todo lo que escribo”.

En el caso de su novela, la construcción de oraciones, aunque por momentos intrincada, mantiene pinceladas de esa inocencia, como una suerte de tributo al campo que lo vio crecer.

La “tortura” de escribir

Según admite, ese niño aventurero que gustaba de pasar horas caminando por el monte se difumina bastante durante el proceso de escritura.

“Es que es bien controlado. Necesito tener control; ese cliché clásico de decir que uno es Dios y necesita controlar lo que ocurre en la ficción, pues yo necesito ser esa especie de Dios”, abunda antes de sorber lo poco que queda en su taza.

Autor de otros dos libros de teatro y diseñador gráfico de profesión, además, combinó ambos talentos para hacer el arte de la portada.

“Tenía otra idea, pero cuando se dio la oportunidad, quise probar otra cosa. Como la novela tiene muchas dualidades y se centra en dos personajes, quise ponerlos a ellos dos ahí”, cuenta.  Entonces, mira el rostro de uno de los protagonistas en la tapa y añade: “Me concentré en hacer los ojos. Es bien difícil. Lo hice unas 18 veces hasta que quedó lo que quería”. 

Así es él; deja muy pocas cosas al azar. Fanático confeso del escritor Ray Bradburry, recalca que hoy día, cuando por fin se desapegó del texto, quiere centrarse en otros proyectos. “Ahora, estoy más pendiente de lo que ocurre en la calle”, asegura, “Puerto Rico es una olla de información. Quiero escribir más de puertorriqueños que me caminan alrededor todos los días, con sus contradicciones, con sus cosas maravillosas”.

Pausa, observa en la acera contraria al lugar donde estamos sentados y prosigue: “Yo miro a esos hombres pintando y al señor frente a su carro descapotable mirándolos y veo una historia. Ahí hay un cuento. Eso es lo que me llama ahora”.

Claro, eso y la cita con sus lectores este jueves 15 de marzo en la Librería Cronopios en la Ave. De Diego en Santurce. Allí, a las 6:00 p.m., intentará seguir desprendiéndose de su Ombligo de luna durante un conversatorio. “Sabes, después de publicada, la leí con otros ojos y no sentí ningún impulso de querer alterar nada... Ahora sé que lo que vuelva a escribir, pasará un proceso distinto a este. No creo que vaya a estar 15 años escribiendo un libro”, afirma con una sonrisa.

¿Adónde se dirige ahora? “Tengo dos libros más guardados, pero quiero concentrarme en escribir cuentos, porque es lo que me llama ahora”, finaliza. Y fiel a su espíritu aventurero, le hará caso al llamado.

El autor es periodista independiente y escritor.

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El escritor y periodista británico Christopher Hitchens falleció el pasado jueves a consecuencia de un cáncer de esófago que no pudo superar. Su muerte tuvo lugar en el hospital MD Anderson Cancer Center de Houston a la edad de 62 años. Para el que todavía no lo haya situado, baste decir que este hombre es el responsable de libros como su exitoso Dios no existe o Dios no es bueno, donde ponía de manifiesto su profundo ateísmo, que defendió hasta el último momento.

Pero el polémico autor tocó otros muchos temas, ya fuera en el resto de sus libros o en la multitud de publicaciones prestigiosas con las que colaboró. Nacido en 1949 en el Reino Unido, Christopher Hitchens estudió Filosofía, Ciencias Políticas y Economía en el Balliol College de Oxford. Muy pronto se le pudo ver en el ambiente intelectual de los años 70, muy cercano a la izquierda radical de Inglaterra. Se opuso a la guerra de Vietnam o al aborto, pero sin duda su tema más recurrente y del que hablaba en todos su libros y conferencias, era la inexistencia de Dios.

Afincado desde el año 1981 en Estados Unidos, está considerado como un intelectual, tan influyente como polémico, que durante los últimos treinta años se ha dejado ver por un buen número de revistas: Vanity Fair, National Geographic o The New York Times Review of Books son algunas de ellas. Pero sin duda, su nombre empezó a sonar con mucha más fuerza después de la publicación de El juicio a Kissinger, un libro que cuestionaba de manera contundente la gestión del Secretario de Estado americano.

Otros de sus títulos han sido Cartas a un joven disidente, La victoria de Orwell o Hitch-22, la última obra publicada de Christopher que son una especie de memorias y que aquí en España publicó Debate en la pasada primavera. Precisamente, cuando se encontraba promocionando este título le sobrevino la noticia de su enfermedad.

Blog Papel en Blanco 
 

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Miércoles 30 de noviembre de 2011 11:07

Todos los aviadores muertos

Hay un lugar: Colombia. Hay un hombre, profesor de Derecho y aficionado al billar, que mira en la pantalla de un televisor cómo de un zoológico abandonado se escapan los animales. Hay otro hombre, más bien sombrío, también seguidor de este juego, que mira la misma pantalla. Y está la extraña amistad que ambos entablan. El primero narra la historia del segundo, y el segundo acarrea la caída estrepitosa de un país.

Lo anterior podría ser una salida fácil, bastante simplona, de intentar resumir de qué va El ruido de las cosas al caer, novela que le mereció el Premio Alfaguara 2011 al colombiano Juan Gabriel Vásquez. Pero hay más. Él anduvo de paso por la isla. Y para eso nos reunimos.

Era mediodía, mitad de semana. Juan Gabriel se acomoda unos cabellos sentado detrás de un caficoco en la Plaza Colón, toda una aberración empalagosa–el café– para los ortodoxos de este líquido. Desde el fondo nos llega el resonar de platos y tazas, a nuestro costado hay una ventana y mucho sol, cosa rarísima en este noviembre gris. Conversamos acerca de su último libro y algunos anteriores, sobre aviones; sobre sus miedos, que fueron también los de una sociedad, y el mundo de la ficción como otra posibilidad de conocimiento.

Está cansado de contestar preguntas sobre sociología, y lo dice con verdadero desaliento, lo agota hablar de drogas y su legalización, y que metan, más por pereza que otra cosa, “El ruido de las cosas al caer” en el saco de las narco novelas. Cuando comenzó a escribir el libro, a propósito de ello, estuvo en una especie de inconsciencia auto impuesta de la tradición narrativa colombiana del siglo XX. “No me releí, por ejemplo, ‘La virgen de los sicarios’, ‘Cartas cruzadas’, de Darío Jaramillo, o ‘Leopardo al sol’, de Laura Restrepo. Más bien mis modelos estaban fuera, incluso no en mi lengua, sobre todo en un libro al cual quiero muchísimo que es el ‘Gran Gatsby’”, confiesa con un acento bogotano suavizado, en parte, por sus años de emigrante.

Si bien es cierto que ninguna vida es privada, máxime en los tiempos que corren, la novela evade astutamente cierta propensión en buena parte de la literatura colombiana por buscar afanosamente espectros más amplios de la sociedad, siempre desde el territorio de la violencia y la soledad. A la pregunta de cómo se transita por una línea tan fina, suelta la taza y se demora un momento: “El libro desde un principio fue muy personal. Eso me libró de la tradición de los años setenta y el surgimiento de las clases mafiosas en Medellín. Era más bien una memoria muy íntima de mi generación. Quería darle forma a un mundo muy privado, a ciertos recuerdos de esa época, a cosas que les pasaron, no a mí, pero sí a muchos amigos; quería hacer una historia con mis miedos y ansiedades”.

En el texto, Antonio Yammara, el narrador, al igual que en la novela de Fitzgerald, juega a dar un paso al frente, mientras da otros dos hacia atrás. El contrapeso y punto de apoyo que le sirve a la novela para abarcar un radio más amplio de la sociedad es la amistad que éste contrae con Ricardo Laverde: un aviador con un pasado turbulento que, a su vez, posee una nobleza casi infantil.

 “Colombia es una obsesión. Extraño algún paisaje,

mi familia, ciertos amigos,

pero nunca he sido un nostálgico". 

“La historia colombiana del siglo XX puede ser contada a través de los aviadores. Un hecho medular a principios de siglo fue la guerra con el Perú. En el folclor colombiano esa guerra la ganaron los aviadores y ello era sinónimo de heroísmo. A finales de siglo eso se transforma, surge el contrabando y el narcotráfico que degeneraría en la violencia y la ignominia”, explica pausadamente. Elige con cuidado sus palabras, no es extraño el que, al igual que Yammara, se haya licenciado en Derecho.

En el año 1998, Juan Gabriel tuvo acceso a la grabación de la caja negra del vuelo 965 de American Airlines que se dirigía a Cali y se estrelló en 1995 en las montañas de la ciudad de Buga, al oeste de Colombia. “Conseguí esa grabación y no sabía qué hacer con ella, ése documento estuvo todo este tiempo como mirándome y diciéndome: ‘hay que hacer algo’’’. En cierto modo ése fue el germen de la novela, o al menos el hilo con el cual, desde aquel año para acá, pudo urdirla. Al igual que en el cuento “All the dead pilots’’, de Faulkner, el vuelo 965 recoge en gran medida el viaje vertical, la colisión no ya sólo de aviones y aviadores, sino de gentes que se pierden. “La metáfora de la aviación se instaló desde un principio porque en cierto sentido representaba la caída del país”, dice.

A esta altura se sirve un poco de agua para atemperar la garganta y tanta azúcar. Otro avión también lo sacó de Colombia. Juan Gabriel es un escapado. Se doctoró en Literatura Latinoamericana en París, vivió en Bélgica y actualmente reside en Barcelona. Hace de todo, traduce, enseña, escribe periodismo y mantiene una columna en el diario El Espectador de su país. “Una de las razones por las que vivo en Barcelona es porque buscaba que alguna editorial me permitiera ganarme la vida con esto que es lo único que sé hacer más o menos bien, que es leer y escribir”.

La prosa de Juan Gabriel, un hombre relativamente joven y de contextura más bien corpulenta, resulta una excepción a la regla en el mejor sentido del término. Ello antes de su última novela, inclusive en su libro de cuentos, “Los amantes de Todos los Santos”. Su pericia y rigor a la hora de narrar mezcla lo mejor de las formas tradicionales de los géneros que maneja, sin descuidar ciertas maneras de contar una historia que siempre se regeneran. Las voces en sus textos, como lo haría el mejor Camus, Carver, incluso el propio Fitzgerald, tienen la capacidad de entrar y escapar de las historias como si se avanzara en auto sin descuidar el retrovisor, lindan siempre entre ambos vértices. O como si mostraran un mapa del cual sólo conocen el boceto.

Le pregunto, entonces, cómo compara ambos géneros. “Para mí son dos cosas absolutamente distintas”. Contrario a la hibridez con la que se experimenta de un par décadas acá, defiende la autonomía de ambos. “El que los dos sean ficción en prosa es apenas una coincidencia. Un cuento se parece mucho más en su comportamiento, digamos, a un poema, que a la novela. Sirve para hacer cosas muy distintas. El cuento es un aparato muy sofisticado que permite que no se nos escapen unos momentos de verdad, de iluminación cotidiana, que tiene que ver mucho con la poesía, y que si no existiera el cuento se nos perderían, no habría manera de contenerlos”.

“De otra parte, y ahí ambos están atados por la ficción, es que la ficción es una manera muy especial y única de pensar la realidad, de conocer el mundo. El mundo que contamos se vuelve ambiguo, hay una comprensión que no es literal y que en ese sentido es muy amplia y valiosa para mí”, dice y escucho que la cinta de mi grabadora vieja hace clic y deja de grabar.

No abuso de su tiempo porque en un par de horas se iría del país. Antes le había cuestionado sobre su relación con los aviones y aeropuertos, y si echa de menos su país. “Colombia es una obsesión. Extraño algún paisaje, mi familia, ciertos amigos, pero nunca he sido un nostálgico, no siento esas querencias. Más bien me siento cómodo en la extrañeza”. ¿Y los aviones? “Hay una calidad, una intensidad muy extraña de la soledad en los aviones que a mí me ayuda mucho”, dice. Pronto estaría en uno.

El autor es escritor. 

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